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El misterio de Corved Rock

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El misterio de Corved Rock

Mensaje por Blackdragon el Lun Nov 16, 2009 12:13 pm

Autor: Blackdragon
Dirección Post El misterio de Corved Rock

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Aprovecho para hacer referencia a un campamanto del colegio de mi hijo en el que pude participar. Por la noche pasaron cosas que los niños achacan al "loco de la motosierra" pero quizás el misterio de la cabaña 17 no sea ese.
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La batalla diaria es dura pero nuestra conciencia puede descansar tranquilamente cuando uno sabe que actúa lo mejor posible en cada momento. Además, creo que mirar por el bien común dejando, la mayoría de las veces, en un segundo plano el propio interés es la única forma de avanzar hacia una sociedad más justa y civilizada.

Pero esta batalla está perdida si se emprende en solitario. El hombre es, por naturaleza, un ser social y sólo actuando arropado por la fortaleza que supone formar parte de un grupo podrá llegar a su plenitud.

Blackdragon no es una excepción. Desde que obtuve mis poderes había mantenido una guerra en solitario pero siempre hubo demasiados objetivos sobre los que actuar y... tan poco tiempo. Ahora, sintiéndome parte de “la agencia”, estaba dispuesto a afrontar esta nueva etapa en mi vida con la tranquilidad que le puede dar a uno verse respaldado por la fuerza y la experiencia acumulada del grupo.

Sólo habían pasado un par de semanas desde mi ingreso en Surewold cuando tuve aquella premonición. Fue algo especial. Por un lado, hacía mucho tiempo que no había tenido ninguna y, por otro, era la primera vez que aparecían niños en alguno de mis sueños. Cuando algún suceso, ya de por sí no deseados, rompe la tranquilidad natural de la vida cotidiana habiendo niños involucrados se produce un especial sensibilización con el hecho. Es como si nuestra mente no estuviera preparada para que le sucediera nada a nuestros pequeños.

Intenté tomar nota de todo lo que pude recordar para enviar los datos a la central e intentar averiguar si existía en su base de datos algún caso que se pudiera ajustar al sueño. Únicamente fueron necesarias dos horas para recibir la respuesta. El National Center for Missing and Exploited Children había detectado varias desapariciones en la zona que rodea al pueblo de Corved Rock. Las autoridades locales habían estado buscándolos pero, al no encontrar pista alguna que les sacaran del callejón sin salida en el que se encontraban, habían decidido concentrar sus esfuerzos en otros casos.

No hubo ningún problema para que se me asignara la investigación. De hecho, “alfa” me informó que, salvo que haya algún caso específico en que se crea oportuno asignar un agente concreto, lo normal es que cada uno de los miembros investigue aquellos sucesos que, por el motivo que sea, le resulten más interesantes.

Así es como, bajo la identidad de un inspector de la Children defense found, me puse en contacto con el órgano directivo de la única entidad que había registrado un actividad en la zona. Sólo era una estancia de tres días en el campamento que se encontraba a las afueras del pueblo pero decidí que valía la pena acompañarlos y realizar mi investigación de campo integrado en algún grupo. Estaba seguro que, si se daban las condiciones adecuadas, podría descubrir alguna pista que permitiera reorientar el caso.

Llegamos a media tarde y, tras la instalación, los monitores iniciaron las actividades que tenían previstas. Los niños, de unas edades que oscilaban entre los 6 y 8 años, estaban muy implicados y el ambiente no hacía presagiar nada extraño.

La noche llegó casi sin darnos cuenta y, cuando ya todos estaban durmiendo, decidí salir a dar una vuelta buscando algún rastro que vinculara aquella actividad con mi premonición. Decidido a volver a mi cama y descansar, oí la voz de uno de los niños que salió gritando de una de las cabañas. Al parecer uno de sus compañeros había desaparecido.

Varios monitores llegaron a su cabaña al mismo tiempo que yo y, tras ver el saco vacío, empezaron a buscar por los alrededores. Fueron abriendo las casetas contiguas por si el niño hubiera ido a visitar a alguno de sus amigos, pero el pequeño no aparecía. Me concentré en su litera y en el saco y, por mucho que lo intentaba, no conseguí ver similitud alguna con mi sueño. Algo no cuadraba.

Mientras uno de los monitores interrogaba a sus compañeros, intentando sacarles alguna información, observé el saco de dormir del desaparecido y algo me hizo sacudirlo, como si se fuera a desprender algo de él que pudiera decirnos donde buscar. Pesaba una barbaridad por lo que decidí mirar en su interior. Allí se encontraba el pequeño Fabricious durmiendo tranquilamente, ajeno a toda la locura que se había generado a su alrededor. Tras avisar a todo el mundo, la normalidad volvió a reinar en el campamento y todos pudimos irnos a dormir.

El día siguiente despertó plácidamente y el ritmo de las actividades hizo que los niños no perdieran la ilusión con la que llegaron al campamento y la “desaparición” de la noche anterior pasó a ser una anécdota divertida. Al atardecer, escuché como un grupo de monitores había decidido salir a investigar esa misma noche. En ese momento me enteré que alrededor de la última cabaña del campamento, la número 17, había nacido hace mucho tiempo una leyenda. Unos hablaban de un loco con una motosierra y otros decían que cualquiera que durmiera en su interior desaparecía.

Me pareció una leyenda interesante que valía la pena comprobar. Lo único que tenía claro era que debía darme prisa y que debía llegar antes que los monitores pudieran abrir la mencionada cabaña.

Así es como, alegando no encontrarme bien, me separé del grupo que realizaba un juego en el que buscaban unos extraños seres que los monitores decían que habitaban aquel bosque. La verdad es que aquel lugar ponía los pelos de punta y, por ello, decidí actuar con precaución.

Únicamente una pequeña bola de fuego fue necesaria para poder derretir y desbloquear la cerradura que mantenía la puerta cerrada. De repente, mientras empujaba la puerta y la luz de la luna iluminaba tímidamente su interior, algo golpeó mi espalda lanzándome contra una de las literas.

Casi a oscuras, intentando recuperarme de aquel brutal golpe y esperando que mi agresor hiciera acto de presencia, me preparé para repeler un posible nuevo ataque. Me desconcertó que, justo cuando empezaba a notar un fétido olor, apareciera aquella mujer por la puerta. Debía actuar con rapidez. Si no me la llevaba de allí mi oponente podía tomarla como objetivo en su próximo ataque.

Pero, cuando estaba punto de tomarla por el brazo e indicarle que debíamos salir de allí, recordé que el grupo que ocupaba el campamento estaba formado exclusivamente por chicos. Mi mano ya había tomado contacto con su brazo y, mientras comprobaba que no llevaba ropa alguna, pude ver su cuerpo al completo. Aquel ser tenía la parte inferior de su cuerpo de rapaz y el torso y la cara de mujer.

La imagen de aquel ser me dejó petrificado. No acertaba a creer lo que mis ojos estaban viendo pero recordé las palabras de “buthus”, uno de los agentes de Safeworld, en las que me decía que debía estar preparado para cualquier cosa. Y no había duda de que aquel ser era... “cualquier cosa”. No sabía muy bien como debía actuar pero, por suerte, batió sus alas y salió volando, alejándose del campamento.

Intentando frenar algo mi ritmo cardíaco y mi respiración, decidí esperar unos segundos tras los que inicié mi persecución. Probablemente ella debía ser la causa de las desapariciones y debía evitar perderla de vista.

La luna era mi aliada iluminando parte del camino. Llegué a un claro y la vi sentada en una gran piedra. Se encontraba a unos 200 metros, dándome la espalda, como si estuviera esperándome. No dudé ni un segundo y, mientras saltaba intentando caer sobre ella, le lancé una bola de fuego que debía ser suficiente para dejarla fuera de combate. Pero en el último segundo, cuando parecía que iba a dar en el blanco, alzó el vuelo, haciendo inútil mi esfuerzo.

Antes de que consiguiera verla, un nuevo golpe me lanzó por los aires contra un grupo de árboles. El dolor no me permitía concentrarme en la lucha, aún así me levanté y, como pude, me dispuse a lanzarle una nueva bola pero, antes de que hubiera conseguido generarla ella, ello o lo que quisiera que fuera, me había cogido con sus garras y me encontraba de nuevo por los aires.

Esta vez el golpe fue terrible. Era incapaz de moverme y me costaba una barbaridad respirar. Intentaba comprobar si aquel ser se acercaba a mí pero lo había perdido de vista. En ese momento sólo podía pensar en salir de allí como fuera.

De repente, cuando el ser empezaba a acercarse peligrosamente a mí, un rayo me obligó a cerrar los ojos y una explosión hizo que el ser se viera reducido a una serie de minúsculos trozos. Empapado de lo que debía ser la sangre, o lo que tuviera por dentro, de ese ser pude ver como salía “buthus” de entre unos arbustos y se acercaba a mí.

- Las arpías no son buenas compañeras nocturnas – me dijo en tono sarcástico, mientras enfundaba su arma – Si necesitas ayuda, puedo presentarte a un par de amigas.

- No gracias – le contesté mientras intentaba entender que había pasado allí – ¿Que... que coño era eso?

- Vigila tu vocabulario, compañero. Las arpías son seres mitológicos que, desde hace muchos siglos, se dedican a molestar a cualquier ser que se ponga por delante. Lo peor es que se alimentan de carne tierna y por ello han de secuestrar niños para devorarlos. – Me explicó mientras me ayudaba a incorporarme. – Pero si necesitas más información en la central puedes obtenerla.

- Por cierto – dije, mientras mis pulmones recuperaban el ritmo normal – queda en pie la proposición que me has hecho hace un momento.

Él sonrió pero no añadió palabra alguna. Me condujo a mi cabaña y allí, sin poder desconectar de lo sucedido pero con la necesidad imperiosa de descansar, me tumbé con la intención de dormir unas horas.

A la mañana siguiente me despedí del grupo que era totalmente ajeno a todo lo acontecido la noche anterior. A ellos aún les quedaba un último día que, no me cabía la menor duda, iba a estar a la altura de las expectativas de los pequeños participantes.

Nada más llegar a la ciudad, me dirigí al hospital de mi zona, dispuesto a pasar una revisión que me permitiera descartar cualquier lesión que me hubiera producido mi amiga de la otra noche. Pero mi sorpresa fue cuando el doctor que, muy amablemente, me estaba atendiendo me preguntó si no había venido con ningún familiar.

Me hizo sentar y, tras oír como le explicaba que no tenía familiar alguno con el que venir, me informo que habían detectado una “pequeña” mancha en uno de mis pulmones. Intentó tranquilizarme diciendo que quizás no era más que el rastro de algún resfriado mal curado pero me dijo que necesitaban estudiar más a fondo el caso para poder descartar “cualquier otra cosa”.

Me pasé dos días pensando en conceptos como “pequeña mancha”, que para mí se había convertido en un gran socavón, o “cualquier otra cosa” que sonaba a juicio final.

Quizás “sólo” era una nueva señal para seguir replanteándome toda mi existencia. Quizás...
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