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Mensaje por erMoya el Sáb Nov 14, 2009 4:12 pm

Autor: erMoya
Autor: Dream Of Mirrors

Se despertó algo confuso aquélla mañana. No sabía que día de la semana era, y mucho menos qué día del mes. No reconocía el sitio donde se encontraba que, a juzgar por el mobiliario, parecía algún tipo de clínica o residencia sanitaria. Al principio se preocupó, pero tras examinarse levemente comprobó que nada le dolía y que tampoco presentaba ningún síntoma externo de ninguna enfermedad que él conociera, lo que le tranquilizó un poco.

Tampoco fue capaz de reconocer al grupo de personas que fueron a visitarle a media mañana. Parecían conocerle, es más, eso afirmaban, pero él era incapaz de acordarse de quienes eran, de hecho, ni siquiera recordaba haber visto con anterioridad sus caras. Para colmo, en sus rostros había una marcada tristeza que le preocupó, razón por la que, a su partida, decidió llamar a la enfermera, o quien fuese, mediante el timbre que, junto a su cama, parecía dedicado a tal efecto.

Ésta apareció rápido, sin embargo, con simpatía y buenas palabras, consiguió desviar el tema de todas las preguntas que él hacía con la intención de descubrir su dolencia y la razón por la que se encontraba allí. Además consiguió convencerlo para que se quedase recostado en la cama y no se levantase.

Y allí postrado se vio renegado a investigar todo lo que estaba al alcance de su mano. Lo primero que decidió examinar fue el cajón de la mesita junto a la cama. El cajón se encontraba prácticamente vacío, lo cuál no le sorprendió, salvo por un sobre que no dudó en coger. En su interior una foto y una carta manuscrita. Tras observar, en primer lugar, la fotografía pudo reconocer en ésta alguna de las caras que le habían visitado esa mañana. Luego se dispuso a leer la carta:


Estimado Don José Gutiérrez, porque ese es su nombre aunque ahora puede que lo esté dudando,

Le escribo para contarle una historia. Una historia sobre un hombre bueno, trabajador, buen esposo y mejor padre. Una persona cuyo mayor temor fue siempre el paso del tiempo, hasta que un día el destino le reveló su gran “regalo” gracias al cuál el tiempo dejaría de tener cualquier atisbo de significado.
Desde aquél día, ese buen hombre, realiza a diario las mismas actividades y las mismas acciones con esa ilusión e interés de aquél que las hace por primera vez. Dicho así puede parecer bonito, pero esta historia no lo es. Ese buen hombre recibe dos veces por semana la visita de unos peculiares desconocidos que le alegran el día con sus historias y sus bromas, a pesar de la extraña tristeza que reflejan sus miradas. Este personaje se hace cada día las mismas preguntas sin respuesta, ¿dónde estoy? ¿por qué?, y este personaje lee a diario la misma carta sin recordar que ya la ha leído previamente…

¿Le suena ésta historia Don José? Es su historia. Verá, le voy a responder a esas preguntas que parece que nadie en ésta clínica quiere responderle. Una mañana de hace, no recuerdo exactamente pero diría que, 3 años usted se levantó en una casa para usted desconocida. Junto a usted, en la cama, estaba la más hermosa mujer que jamás haya conocido y que horas más tarde, con una paciencia infinita y con lágrimas en los ojos, le acompañaría al médico. El diagnóstico fue tan simple como doloroso: Alzheimer.

Por cierto, seguramente le interesará saber a quienes corresponden las caras que aparecen en la foto adjunta a esta carta. A grandes rasgos son sus hijos, su mujer, sus hermanos y sus mejores amigos. Los nombres de todos están escritos en el reverso de la instantánea. Si recibe su visita, trátelos bien, seguramente ellos sufran tanto o más que usted.

Atentamente, Don José Gutiérrez, es decir, usted mismo.


Cuando vio caer la primera lágrima sobre la carta, supo a qué correspondían las manchas que adornaban el papel. Sólo entonces reconoció la letra, su letra, y recordó que, además, no era la primera vez que había leído aquellas líneas.


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