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Tres primas en el campo

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Tres primas en el campo

Mensaje por JESÉ el Vie Abr 09, 2010 12:08 am

Salieron de la casa por la mañana y en un llano próximo comenzaron a jugar. Correteando, giraban cada una alrededor de las otras dos, risueñas, incansables y sin tropezar. En medio y envolviéndolas, brillaban al sol las semillas voladoras… Algunos de esos puntos brillantes parecían tener luz propia, incluso color azul pálido, como estrellas diminutas… Eso las divertía aún más.
––¡Vamos a dar una vuelta! ––propuso María, prima de las dos hermanas y poco mayor que ellas.
––Sí ––dijo Marta.
––¿Adónde vamos? ––preguntó su hermana Carmen.
––No sé… ¡Vamos!
Sonrieron una vez más y tomaron el camino junto a la casa de María, sin prisa. Vieron otros caminos a derecha e izquierda, más estrechos.
––Esto es bonito, pero un poco aburrido ––dijo Marta.
––Si queréis, tomamos uno de estos senderos de los lados.
––¿Cuál? ––se interesó Carmen.
––No sé, el más enigmático;
––O el más sombrío;
––O el más bonito.
––¡Mira, Marta!, ese es precioso ––observó María.
Y doblaron a la izquierda para tomarlo. Tras un largo trayecto, el estrecho sendero se empinaba más y más. De pronto viró a la derecha y descendió en pronunciada pendiente. Carmen se agarró a unos matorrales, pues temía escurrirse y caer. Pero se quedó con ellos en la mano derecha y sus raíces arrancaron un trozo de tierra. Esto la hizo caer y a punto estuvo de rodar cuesta abajo.
––¡Ay!
––¿¡Qué pasa, Carmen!?
Ésta enseñó a su prima María el manojo de maleza con el trozo de tierra y raíces colgando.
––¡Ese trocito de tierra está mojado! ¡Espera, que subo! ––Marta la siguió cuesta arriba.
Se acercaron al lugar de donde Carmen había arrancado sin querer el trozo de tierra. En el hoyo se había formado un nimio charco de agua.
––Parece un manantial ––repuso Carmen.
––Yo nunca he visto un manantial ––dijo Marta.
––Yo tampoco, solo en un libro. Mira, allá abajo, entre esos brezos, veo brillar agua.
––¿Dónde?
Bajaron unos pasos con cuidado, para no caer. Ahora tenían más peligro de escurrirse, pues pisaban la hierba y matorrales del margen derecho del camino. Resultó que los dos brezos daban paso a una zona umbría, una cueva hecha de fronda densa. A pesar de estar en plena cuesta, el suelo de la cueva vegetal era horizontal. El hilillo de agua que habían visto resultó ser un profundo charco. María dijo:
––Esto sí que es un manantial… ¡Ah!
––Limpia tu bota allí, en esa hojarasca.
––Gracias.
Cuando María terminó de limpiar un poco el barro de su bota derecha, dijo a sus primas:
––Mirad, de aquí sale un reguero de agua que va a parar a... ¿dónde? No veo nada más allá de esta espesura.
––Este manantial alimenta el arroyo Limplaro, que bordea esta colina.
Las tres niñas no se asustaron, pues la voz que escucharon tras ellas, aunque extraña, era acogedora. Se dieron media vuelta y contemplaron una mujer flotando en el aire sobre uno de los brezos, a unos dos metros sobre el nivel del manantial. Envuelta en un halo dorado, vestía una preciosa túnica blanca con elegantes bordados a base de pequeñísimas esmeraldas y pepitas de oro que semejaban flores iluminadas por el sol. Flotaba en el aire cual barca sobre olas calmas.
La miraban absortas. María dio un paso adelante y preguntó a la bellísima y enigmática mujer:
––¿Quién es usted? ¿Cómo se llama?
––Mi nombre es Elhadel. Soy un hada.
Las niñas admiraron sus ojos grandes y azules; sus orejas puntiagudas; sus alas aún más hermosas, delicadas y grandes que las de las Sílfides.
––Nunca he oído nombrar el arroyo Limplaro.
––Supongo que los Humanos lo llaman de otro modo, pero ese es su nombre verdadero.
María quedó pensativa. Carmen le preguntó:
––¿¡Nos concederá tres deseos, uno a cada una!?
Elhadel sonrió, comprensiva:
––No concedo deseos, pero ayudo en las dificultades serias y resuelvo problemas graves, si me lo piden.
––¡Claro, Carmen! ¿No ves que no tiene varita mágica?
––Las Hadas no tenemos varita, María. Eso es en los cuentos. Pero tenemos algunos poderes.
––¿Cómo sabe usted mi nombre?
––Sé vuestros nombres porque os he estado escuchando.
––Todavía queda barro en mi bota derecha, y tengo empapado el calcetín. ¿Puede hacer magia para limpiar el barro y secarme el pie, señora?
––Eso no es un problema grave, María. No tendrás dificultad en resolverlo tú sola.
––Es cierto, Elhadel.
»¿Puede ayudarme a hacer la tarea que me han puesto mis maestros?
Sus primas miraron al hada, esperanzadas.
––Ni tus padres ni yo debemos ayudarte a hacer tus deberes. Parte de tu formación está en que te esfuerces en hacerlos y en lo que aprendes realizándolos.
––¿Hay más Hadas como usted? ––le preguntó Carmen.
––Todas son como yo.
––Ya. Lo que quería saber es si hay más Hadas por aquí cerca.
––Somos pocas en este país. Pero ¿necesitas saber eso, Carmen?
––Supongo que no. Pero es que hace un buen rato, cuando jugábamos junto a la casa de María, entre las semillas voladoras que brillaban al sol me pareció que algunas lucían con luz propia, como estrellas minúsculas.
––¡A mí también! ––dijeron al unísono Marta y María.
––Existen muchas Hadas pequeñas en el mundo; a veces se dejan ver por unos instantes. Quizá visteis Hadas diminutas.
––¿Como Campanilla?
––Las reales son más pequeñas que las de ese personaje de los cuentos, Marta.
De repente, Marta preguntó a su prima y a su hermana:
––¿Sabéis regresar a casa?
Ambas negaron con la cabeza.
––Yo tampoco ––coincidió Marta, y miró al hada:
––Me parece, Elhadel, que solo necesitamos una cosa: saber cómo regresar a casa.
––Quizá podríais resolver eso vosotras solas, pero os ayudaré. Seguidme.

––Allá tenéis vuestra casa.
––¡Gracias, Elhadel!
El hada desapareció. Las niñas sintieron algo parecido a cuando uno se despierta de un sueño. Carmen dijo a su prima:
––Si hablamos de esto a nuestros padres, no nos creerán.
––Pero tenemos que contárselo a alguien ––intervino Marta.
––¿Por qué? Podemos guardarlo en secreto, ¿no?
Carmen titubeó un poco; después replicó a María:
––Yo también necesito contar nuestra aventura. No puedo guardarme esto para mi sola, sin poder hablar de ello más que con vosotras.
––Es verdad, Carmen, Yo siento lo mismo… Ya está: ¡se lo contaremos al primito Borja!
Marta escuchó un leve correteo cercano a la casa:
––¡Mirad, está allí, jugando!
Le dijeron que le iban a contar algo y los cuatro se sentaron en unos asientos de madera sitos en la parte trasera de la casa. Borja preguntó a sus primas:
––¿Qué me vais a contar?
María le contestó:
––Te vamos a referir lo que nos acaba de suceder…
Entre las tres, le narraron la aventura. Él comentó:
––Bonito cuento. ¡Contadme otro!
María insistió:
––Te dije que es algo que nos acaba de suceder, Borja.
––Entonces, llevadme a la cueva vegetal, ¡a ver si se nos aparece el hada!
Sus tres primas se miraron. María decidió:
––Iremos los cuatro después de comer.

María cogía a Borja de una mano y Marta de la otra. Carmen advirtió a su primo:
––Ten cuidado, Borja, ya te contamos que yo me caí bajando esta cuesta.
––Ten cuidado tú, no te vayas a caer otra vez.
María rió y dijo a su primo:
––¡Bien dicho, Borja!
––Por fin, los cuatro pasaron entre los dos brezos.
––¡La cueva vegetal! ¡Qué bonita!, y qué fresquito se está aquí dentro.
––Apenas terminó Borja de decir eso, una especie de insectos grandes y muy brillantes ––su halo era de color azul pálido–– aparecieron de repente y rodearon al pequeño. Algunos le daban besitos en la cara. Borja se fijó en esos seres, alucinado:
––¡Son Hadas pequeñitas!
Elhadel volvió a aparecerse otra vez de espaldas a sus visitantes, flotando en el aire sobre uno de los brezos:
––¡Hola, niños!
Los cuatro se volvieron y respondieron al unísono:
––¡Hola, Elhadel!
Los pequeños seres voladores rodearon el halo dorado del hada, dejaron de mover sus nimias alas y permanecieron quietos, como estrellas adornando su halo áureo.
––¿Qué son?
––También son Hadas, María. Yo soy su Hada Reina.
Los cuatro primos se quedaron con la boca abierta. El pequeño exclamó:
––¿¡La reina de todas las Hadas!?
––No, Borja, soy el Hada Reina de éstas. Hay muchas más en el mundo.
Las diminutas Hadas saludaron a Borja agitando una mano, muy sonrientes.
––Veo que también ahora nos has escuchado antes de entrar aquí, pues sabes el nombre de nuestro primo.
––Esta vez no, María, pero me informó una de mis súbditas antes de que entraseis en esta mi Cámara Real.
Los primos admiraron nuevamente la frondosa cueva.
Movido por un impulso infantil, Borja avanzó hacia Elhadel con su mano derecha abierta. Quería acariciar a ese bondadoso y hermoso ser… Pero tropezó y cayó a gatas en el manantial. Solo asomaba la cabeza. No lloraba, a pesar de que el agua estaba fría.
El Hada Reina lo señaló y todas sus súbditas volaron raudas hacia el niño, lo rodearon por encima del agua y cada una proyectó en un punto distinto de su cuerpo un pincel de luz color azul pálido. Para ello muchos de esos rayos penetraron dentro del agua. Entonces Borja se elevó sobre el agua y flotó en el aire, envuelto en un brillo estelar. Pronto quedó de pie sobre la hierba seca, la cual comenzó a mojarse con el agua que chorreaba de su ropa empapada. El halo azul pálido que lo envolvía, desapareció.
––¡Tengo frío!
María lanzó una indirecta muy directa al Hada Reina:
––Elhadel, tenemos un problema.
Ella sonrió y extendió ambas manos, apuntando sus palmas al niño. De ellas brotaron sendos rayos de luz dorada que impactaron en Borja. Éste quedó envuelto en un nuevo halo, dorado esta vez, que cambió a color rojo y desapareció en pocos segundos. El niño y sus ropas quedaron totalmente secos.
Carmen elogió al Hada Reina:
––¡Elhadel, no está mal para no tener varita mágica!
Ella sonrió de nuevo, y dijo:
––Si no queréis nada más, podéis iros.
María le dijo:
––Esta vez no necesitamos que nos acompañes, conocemos el camino de regreso a casa.
––Si queréis, os acompañarán algunas de mis súbditas.
––¡Sí! ––exclamó Borja.

Ya en casa, los niños no comentaron nada e inmediatamente se pusieron a hacer cada uno sus deberes.
Dos horas después, los padres de María se asomaron y los contemplaron, perplejos. Su madre, Chari, dijo a los cuatro:
––¡Pero bueno, ¿qué mosca os ha picado?! ¡Qué aplicados estáis!
––A mí no me han picado las moscas, me han besado las Hadas.
––¡Shsss! ––le advirtieron sus primas, alarmadas.
––¡Qué niño más ocurrente! Vamos, descansad un poco. ¡Os he preparado una merienda suculenta!

JESÉ
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Re: Tres primas en el campo

Mensaje por Chary Serrano el Sáb Abr 17, 2010 2:04 am

¡¡Que pena que eso no haya ocurrido de verdad!!, sobre todo por la presencia de Borja... las cosas serían distintas, pero difiero...

María le hubiera contado a Chary todo y ella /yo lo hubiera creìdo.. habría ido en busca de las hadas.

Todavía puedo encontrármelas cuando salgo a recoger por el campo.... ¡¡que ilusión!
Gracias por el cuento.
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Re: Tres primas en el campo

Mensaje por Európides el Lun Abr 19, 2010 2:47 am

Me ha gustado mucho y ojalá alguien encuentre a esas hadas que están dispuestas a ayudar a quien lo necesita.

Y como despierta la ilusión en los niños lo nuevo y lo desconocido...

Gracias JESÉ

Saludos.
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Re: Tres primas en el campo

Mensaje por vsantano el Mar Abr 20, 2010 7:00 pm

Qué bonito!!! Me ha encantado.

Y los peques tan emocionados por esas hadas..... muy bonito.
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