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Una mañana de noviembre

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Una mañana de noviembre

Mensaje por bloggermam el Miér Dic 30, 2009 12:52 pm

Autor: bloggermam
Dirección Post: Una mañana de noviembre



La puerta de la habitación se abrió de par en par y la cegadora luz de la mañana inundó el dormitorio.

Remarento se frotaba torpemente los ojos, lo justo para distinguir el contraluz que hacía su deliciosa esposa en el quicio de la puerta.

-¡Vamos perezoso! te has quedado dormido.
-Sí, cielo. Perdona, he dormido fatal. Estoy molido.
-Venga quejica, date una buena ducha mientras preparo el desayuno.

Ella desapareció de la puerta y Remarento obedeció. Caminó tambaleándose y bostezando hasta el espacioso cuarto de baño.

Abrió mecánicamente el grifo de la ducha como todas las mañanas, entregándose al agua a presión y dejando que la nube de vapor lo regresara a la vida. Casi hubiera sido mejor seguir aletargado. Este despertar le recordaba que se encontraba molido.

Remarento salió de la ducha con cuidado, no quería que ella le regañara por salpicarlo todo. Quitó el vaho del espejo con la mano y con sorpresa advirtió que su imagen era verdaderamente deplorable. Greñudo, enchepado y con barba de un par de semanas. La verdad es que se sentía fatal y su aspecto lamentable le hacía justicia.

Se envolvió en el albornoz y decidió afeitarse. El olor a café recién hecho y tortitas le habrían el apetito y el levantaban el ánimo.

-Me afeito en tres minutos y desayunamos, cariño – gritó jovialmente, mientras la cuchilla comenzaba a apartar la espuma de afeitar de su mejilla

Continuó con su merecido aseo. Había demasiado silencio para ser una mañana soleada de domingo.

-¿Hoy no pones música, mi niña? – insistió subiendo la voz con la intención de recibir alguna respuesta de su mujer.

Remarento se extrañó de que no sonara algo de música alegre al gusto de su esposa.Algo extraño el empezó a rondar la cabeza. Dejó la maquinilla de afeitar sobre el lavabo y se dirigió hacia la cocina.

El pasillo estaba revuelto, oscuro, tapizado de ropa sucia, los cuadros que en un tiempo le dieron elegancia ahora aparecían apagados y torcidos. La visión le turbó todavía más y echó a correr hacia la cocina. Al entrar en ella tan rápido resbaló en una enorme mancha de aceite y cayó golpeándose sonoramente con unas cazuelas.

El hedor era asfixiante. En esa cocina hacía mucho tiempo que no había actividad humana. Desde el suelo y casi cubierto, notó el frío viento de noviembre que entraba por la ventana trayendo aromas de café y tortitas de casa de algún vecino.

Remarento no sabía si quería seguir aturdido o prefería terminar de descubrir la verdad. Con la mirada perdida y la angustia apretándole fuertemente el pecho corrió de nuevo hacia el dormitorio. La cama deshecha sólo tenía huellas de las pesadillas de una persona. Abrió el armario violentamente y pudo comprobar cómo toda la ropa de su mujer estaba intacta, acumulando polvo desde hacía tiempo. A pesar de todas las evidencias, se resistía a aceptar la verdad que llevaba meses consumiendo su cuerpo y su cordura.

El sonido del teléfono le sacó de su estupor. Y caminó como un autómata hacia ese estruendoso sonido que le taladraba los tímpanos. Tuvo que escarbar entre ropa sucia, botellas de bourbon y cajas de pizza hasta encontrar un teléfono churretoso debajo de la mesa de comedor. Descolgó el auricular con asco y se lo acercó a la cara sin permitir que tocara la espuma de afeitar que todavía adornaba su rostro.

-Rema, soy tu hermano – También se oía una voz femenina - ¿te ha cogido el teléfono?

Reconoció la amable voz de su hermano. Reconocía la seguridad y la determinación que él también tuvo hace tiempo. Sabía que iba a continuar con su discurso telefónico.

- ¿Estás ahí? Sólo quería decirte que dentro de una hora pasamos por tu casa para recogerte…y…bueno, si tú quieres vamos al cementerio o simplemente damos un paseo, lo que tú quieras…¿me escuchas? ¿Rema? Sé que me estás oyen…

Remarento colgó el teléfono, terminando de asumir lo que se había negado durante tanto tiempo. Ella se fue para siempre una lluviosa mañana de domingo. Peor todavía. No se fue, se la llevó un hijo de puta pastillero que decidió que un paso de cebra era un buen lugar para acabar con la vida de su mujer.

Rompió a llorar lleno de rabia, tirado en el suelo, rodeado de la suciedad que su locura había acumulado durante tanto tiempo. Sólo y maloliente no tenía fuerzas para dar un paso más en la vida. Tenía que asumir que debía continuar con su vida sin la compañía de su amor.

Su ira se fue agotando hasta que entre sollozo y sollozo fue sintiendo más paz. Paz y una fragancia familiar que le envolvía y le arrullaba. Salió de repente de su ensimismamiento ¡Es su perfume! Se levantó y siguió el aroma que le llevaba de regreso a la alcoba.

Tuvo que abrir la puerta del dormitorio para encontrarse que la luz de la mañana bañaba la perfectamente arreglada cama. Sobre ella descansaban unos pantalones limpios, su camisa favorita y una corbata negra.

Remarento se quedó petrificado al verlo y un escalofrío le recorrió toda la espalda cuando sintió un imperceptible susurro en su nuca “Ponte guapo para venir a verme”.

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